Cuadernos de un Viajador - Vietnam, entre el orgullo del pasado y el bienestar de la modernidad - por Mariano Saravia
Humildemente, desde Fogón y Mate tenemos la alegría de presentar un libro, que vamos subiendo por capítulos una vez por semana, todos los días viernes, hoy va el Capítulo IV de XII.
Mariano
Saravia, desde Hanoi
Estar
en Vietnam es un sueño cumplido. Cuantas veces uno leyó o escuchó
sobre este heroico pueblo que produjo un quiebre en la historia de la
Humanidad: el principio del fin de la superioridad norteamericana. En
ese 2015 se cumplían 40 años de la caída de Saigón y el triunfo
final sobre un imperio que en ese momento comenzó una decadencia que
aún continúa.
Lo
cierto es que el trauma que dejó Vietnam en la sociedad
norteamericana hizo que Ronald Reegan no se animara a invadir la
Nicaragua sandinista, ni la Cuba socialista, y que aún hoy ese
trauma se manifieste en las aventuras neocolonialistas de Estados
Unidos en Irak o Afganistán. En la Conferencia Tricontinental de
1967, Ernesto “Che” Guevara pidió al mundo crear “dos, tres,
muchos Vietnam”. Y los que lo hicieron, paradójicamente, fueron
los propios Estados Unidos, con la ceguera propia de los que no
conocen más razones que la fuerza bruta.
Pero
a esa fuerza bruta los vietnamitas le opusieron dignidad,
determinación, inteligencia, disciplina. Phillip Caput era teniente
de infantería y comandante de un pelotón, cuando desembarcó entre
los primeros marines estadounidenses en 1965 en Danang. En total
luego serían 500 mil. En sus memorias (Un rumor de guerra) escribió:
“Llegamos para salvar a los vietnamitas del comunismo y descubrimos
que no querían ser salvados. Salíamos a patrullar el campo, y nueve
meses más tarde no habíamos visto un solo vietcong y teníamos
muchísimas bajas”.
Lo
que pasa es que el Pentágono equivocó el análisis, como
habitualmente, y planteó el tema como una lucha entre el comunsmo y
la democracia liberal y capitalista. En cambio, para los vietnamitas,
la cosa era entre esclavitud y libertad.
En
10 años, Estados Unidos descargó sobre este país más poder de
fuego que el que usaron todos los países involcrados en la Segunda
Guerra Mundial.
El
derecho de vivir en paz es
el título de una canción deVíctor Jara de
principios de los años ’70, casi un alarido poético y militante
contra la barbarie norteamericana que arrasaba con los arrosales, con
la selva y con el pueblo de Vietnam.
Hoy
es maravilloso levantarse temprano, si es posible a las seis, y salir
a caminar por el Parque 23 de Septiembre, en el distrito uno de la
ciudad Ho Chi Minh, la ex Saigón. A esa hora, gente de todas las
edades hace gimnasia, tai chi, trota, o baila al ritmo del aerobic.
La gente vive tranquila y amablemente, incluso en medio del ritmo
frenético de una ciudad de nueve millones de habitantes. Es
inevitable mirar cada rincón de la ciudad, o recorrer el delta del
Río Mekong, y pensar que estos lugares fueron el escenario del
infierno en la Tierra. Y hoy es un país pacífico, laborioso, que
crece aún más que China, este año lo hará al 6 por ciento. De
hecho, aquí la frase de cabecera es: “Vietnam
es un país, no una guerra”.
Es
inevitable también mirar esas caras y que se nos aparezcan aquellas
otras caras, de hombres y mujeres aniñados, muchos de ellos
campesinos devenidos en guerrilleros, que no cedieron ni un milímetro
de terreno, que no abandonaron sus aldeas y que con lo que tenían a
mano, dieron batalla al ejército más poderoso del mundo.
Justo
este año se están conmemorando los 40 años de la caída final de
Saigón, que marcó el final de la Guerra de Vietnam. Desde 1965
hasta 1975, el imperio estadounidense cometió un verdadero genocidio
para imponer su ley, la de supuestamente llevar “la libertad y la
democracia” por el mundo. Richard Nixon lo había dicho con todas
las letras: “Haré que Vietnam vuelva a la edad de piedra”. Y así
fue: las bestias imperialistas descargaron sobre este pueblo 7
millones de toneladas de bombas de fragmentación, 100 mil toneladas
de sustancias químicas tóxicas junto a 80 millones de litros de
desfoliantes y de napalm. Todo esto dejó cinco millones de muertos y
tres millones de afectados por el agente naranja y el edusolfan.
Todo
eso fue superado por el espíritu, el sacrificio, la disciplina y la
dignidad de un pueblo sin igual, dirigido por uno de esos líderes
que aparecen muy raramente en la historia: el legendario tío Ho
Chi Minh, hoy omnipresente en el Vietnam de la paz y el progreso.
El
mejor ejemplo de la inteligencia y la voluntad puesta contra el
avasallamiento de la primera potencia mundial son los túneles de Cu
Chi, un entramado de huecos y pasadizos subterráneos que hicieron
imposible la vida a los invasores.
Antes
de eso, este pueblo ya había vencido a otro imperio, el francés,
cuyo símbolo de humillación es la batalla de Die Bien Phu, en 1954.
Y antes al imperio japonés del emperador Hirohito. Y mucho antes al
imperio mongol. Es decir, estamos hablando de un pueblo con
mayúsculas, que hoy mezcla su orgullo ancestral con su modernidad y
con una vocación de futuro que reconcilia con el género humano.
Hoy,
para cualquiera que llega a Hanoi y que visita la Bahía de Halong
(patrimonio natural de la Humanidad y designada como una de las siete
maravillas naturales del mundo) es imposible darse cuenta de que este
país estaba total y absolutamente destruido hace sólo 40 años.
Pero después del triunfo final, los vietnamitas se dedicaron con
ahínco a la reconstrucción, e hicieron realidad aquello que había
predicho el Tío Ho sin llegar a verlo: “Construiremos un país
diez veces más hermoso”.
Y
realmente hoy es un país hermoso, con paisajes hermosos y con gente
hermosa. Pero sobre todo un país para aprender, un país que sin
dogmatismos ha sabido abrir su economía, cambiar lo que había que
cambiar, sin perder los logros conseguidos. Hoy la inversión externa
es una de las mayores del mundo en porcentaje, las tasas de ganancia
también, pero al mismo tiempo, es Estado está siempre presente,
para garantizar lo básico a su población, principalmente educación,
salud, alimentación, vivienda, seguridad, transporte, y todo lo
necesario para no caer en donde querían entramparlo los
imperialistas.
Será
por eso que hoy nadie habla de Vietnam, o si se habla, se tergiversa
y se habla sólo de Vietnam como oportunidad de inversión. Pero este
país es mucho más que eso, es la justicia social del presente,
basado en el triunfo de una verdadera revolución comunista en el
pasado reciente. Lo que pasa es que para los medios hegemónicos del
mundo occidental es más potable recordar El mayo francés del ’68,
con Daniel Cohen Bendit a la cabeza, que proponía “la imaginación
al poder”, una consigna naif y hasta inofesiva, por eso mismo
digerible para el poder.
Muy
distinto era Ho Chi Minh dirigiendo una verdadera guerra popular, en
la que se involucró todo un pueblo, incluso niños, ancianos y
mujeres. Las mujeres terminaban de atender su casa y sus hijos y
tomaban el fusil para combatir por la noche a esos rubios gigantes. Y
esos hombrecitos y mujercitas flaquitos y bajitos en pijama les
terminaron dando una paliza a los gigantes rubios. Por todo eso a la
versión eurocéntrica de la historia le cuesta recordar que hace
sólo 40 años un pueblo asiático, campesino en su mayoría,
comunista y con altísima participación de las mujeres, venció a la
principal potencia imperialista de la historia.
Hoy,
los hombres y mujeres de edad no tienen problemas en recordar con
orgullo aquella gesta, pero llama la atención la ausencia absoluta
de rencor y de trauma. Hoy está lleno de turistas de todo el mundo,
incluso norteamericanos que no conocen nada de la historia. Y a los
vietnamitas a lo sumo se les dibuja una sonrisa en el rostro, pero la
amabilidad es igual con ellos que con cualquier otro.
Y
con las generaciones más nuevas tampoco hay problemas. El 70 por
ciento de la población tiene menos de 30 años, y tampoco hay
problemas ni siquiera con los símbolos de ese imperialismo que
vencieron: en el Barrio Antiguo de Hanoi pululan las discotecas o los
karaokes donde se escucha y baila rock and roll, se puede tomar Coca
Cola y comer en Mc Donnals.
Los
jóvenes disfrutan de la modernidad mientras siguen armando sus
altares budistas en cada luna llena. Pero han cambiado las bicicletas
de sus padres y abuelos por las motonetas de hoy.
El
embajador argentino en Vietnam es Claudio Gutiérrez, quien recibió
a Revista Veintitrés en la embajada de Hanoi. Respecto al balance de
su gestión, dijo: “El trabajo nuestro es muy intenso, dada la
importancia que este país ha ido tomando para nuestros intereses
comerciales. Este trabajo de promoción comercial cada vez más
profesional y muy demandado por las pymes, ha traído aparejado un
incremento exponencial de nuestras exportaciones que pasaron de 300
millones de dólares hace 10 año
s a superar los 2.000 millones en el
presente. Si bien la mayoría tienen que ver con exportaciones de
commodities, una cuarta parte del total la representan maderas,
cueros, productos farmacéuticos, granos, vinos y mariscos, entre
otros productos”.
En
cuanto al panorama que se abre hacia el futuro, dijo que “es
realmente promisorio dado que los países del Sudeste Asiático en su
conjunto nos están comprando más que China, con un superávit
comercial mucho mayor”. Por último, remarcó “La cooperación de
nuestro país a Vietnam también es otro aspecto relevante de la
relación bilateral, con más de ocho proyectos en agricultura y en
antropología forense”.
Esta
es la realidad de Vietnam hoy, uno de los países que más crecen en
el mundo, en un mundo cuya economía sigue estancada. Por eso llama
más aún la atención el caso de Vietnam.
Mientras
tanto, la cantidad enorme de motos no me dejan
volver a cruzar la calle desde el Parque 23 de setiembre, en el
distrito uno de Ciudad Ho Chi Minh. Son cientos. Qué digo cientos.
Son miles de motos que se agolpan, parecen un enjambre, no paran. Me
acuerdo de uno de los primeros concejos que me dieron apenas llegué
a Vietnam: “Si mirás para los dos lados y tenés cuidado, no
cruzarás nunca; más bien baja la cabeza y cruza, que las motos te
esquivarán de alguna forma”.













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